inteligencia_emocional

Si algo caracteriza a los niños de hoy es que son “niños tecnológicos”.  Smartphones, tabletas, ordenadores y iPads forman ya parte, en mayor o menor medida, de su día a día.

Pero… ¿Todo está en Google?

Todos recordamos algún maestro que nos ha marcado en nuestra infancia o alguna persona que nos ha influido significativamente. Personas que tenían un “no sé que” que les hacía diferentes y que nos transmitieron su conocimiento y sabiduría de forma distinta al resto.
Probablemente, ese “no sé que” especial es lo que queremos que nuestros hijos vean en nosotros.

Que les enorgullezca como nos comportamos, como les miramos o las cosas que les contamos independientemente de que puedan encontrar la misma información en internet.

Y es que cada palabra, cada gesto, cada expresión facial, cada mirada cuentan. Los niños lo captan absolutamente todo.
Por ello es tan importante desarrollar nuestra inteligencia emocional, porque nos dota de herramientas y habilidades para convertirnos en el mejor espejo en el que nuestros hijos puedan reflejarse. Nos enseña a ser un buen marco de referencia, a guiarles, a explorar el mundo de forma positiva, a ser curiosos, a respetarse, a respetar a los demás, a comunicarse…

No es tarea fácil y requiere de práctica continua.
La buena noticia es que con sólo un ratito al día obtendremos múltiples beneficios a corto, medio y largo plazo. Además, afortunadamente, nuestro cerebro es plástico y se pueden adquirir herramientas y habilidades durante toda la vida.

Las ventajas son infinitas si se empieza a trabajar desde la infancia.
Está comprobado que los niños en los que se moldean los circuitos cerebrales desde pequeños, desarrollando habilidades como el autoconocimiento, el autocontrol, la empatía o las habilidades sociales, no solo tienen un mayor rendimiento académico, sino que se convierten en adultos más sanos y felices.

Y es que, si hay una herramienta eficaz para desarrollar la inteligencia emocional es, sin duda, crear entornos positivos, donde primen el amor y el afecto.

Quiérelos, bésalos, abrázalos, ámalos.

Quiérete, ámate, ríe, persigue tus sueños, vive tus pasiones y elige una actitud positiva cada día.

Escúchate y escucha a los niños.

Observa su comportamiento, conoce sus gustos y ayúdales a alcanzar sus objetivos.

Ponte en su lugar, enséñales a resolver conflictos de forma sana y a que aprendan desde pequeños a tolerar la frustración entendiendo que con esfuerzo se obtienen recompensas y que no todo está disponible a un click.

Háblales de emociones, que sepan que es normal sentir vergüenza, miedo o tristeza.

Ayúdales a que no se les enquisten, sino a que las reconozcan en el momento en que las están sintiendo para poder gestionar las situaciones que se les planteen en la vida de la mejor manera posible y tomar buenas decisiones.
Para ello es fundamental enseñarles vocabulario emocional, que conozcan palabras como la euforia, la desesperación, la envidia,la superación,… De esta forma podrán expresar lo que sienten, se liberarán y se darán cuenta de que lo que les ocurre a ellos les pasa también a los demás, que no son diferentes al resto.

Y además, si sabemos lo que sienten realmente, podremos ayudarles de la mejor manera posible.

Tus hijos te lo agradecerán.